Sin despedida

Solo entonces me di cuenta de que bajo esa dulzura había también melancolía. Esos ojos que se hacían pequeños al reír eran capaces de alojar lágrimas. Ella no se merecía guardar tantos secretos. Y al saber tal verdad, lloré, desconsoladamente como una niña cuando por primera vez se ve obligada a enterrar a su mascota. Surgieron en mi las preguntas sin respuesta. “¿Cómo no me entere antes?, ¿por qué nadie me lo dijo?,  Tal vez ella pensó que no les importaba, que a mi no me importaba. ¿Tendré yo la culpa? ¿es que nunca le dije cuanto la apreciaba? Seguramente lo olvide, igual que olvido muchas cosas, así como olvide responder a su mensajes. En realidad  ¿cuantos amigos tiene?, ¿sale con alguien?”. Mi amiga era una desconocida. Los colores de mi mente se volvieron escasos y débilmente me desplome en el sillón. Pensaba que milagrosamente encontraría una solución, que al igual que en las películas un héroe vendría en auxilio. Pero, ya nada se podía hacer. Ella se había ido y yo no tenia el valor para seguirla tan lejos. Mi amiga se había convertido en un dulce reflejo.

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